¡ Estamos embarazados!
Mi esposa y yo estamos embarazados.
He dicho dos mentiras en este anuncio. La primera es que no es cierto: no hay embarazo. Más quisiera yo. Volver a ser padre después de los cincuenta, cuando mis hijos están que me dan nietos —están como atrasados—, sería una maravilla para mí, porque me encanta el rol de padre.
La segunda mentira es que yo no podría estar embarazado. Mi esposa sí. De hecho, ella fue la que estuvo embarazada tres veces. Yo la embaracé.
¿Sí ven el despelote que hemos armado con las modas lingüísticas?
Ahora las parejas jóvenes dicen que están embarazados. Lo dice el hombre y lo dice la mujer.
A mí no me gusta la expresión, no por machismo ni porque me ofenda la posibilidad de estar embarazado —algo que es imposible biológicamente hablando—, sino porque siento que le resta valor a un honor que Dios puso en la mujer: gestar un hijo dentro de sí es algo que los hombres deberíamos admirar y no pretender también vivir.
Ahora bien, me puse a investigar y encontré que el término, aunque hoy está de moda, no es nuevo. En las décadas de los 70 y 80, algunos grupos feministas comenzaron a acuñar la expresión “We’re pregnant” para ir en contravía de los roles familiares establecidos.
Y sí, algunos padres la usan por simple moda, pero otros son conscientes de lo que dicen y adoptan la expresión para destacar que la llegada de un hijo es un trabajo en equipo.
Y esa parte sí que me gusta.
Porque, al fin y al cabo, un papá no es simplemente el que engendra a un niño, sino el que lo cuida; el que se despierta en la noche a darle el tetero; el que lo lleva al médico; el que juega con él en el parque; el que asiste a las reuniones del colegio y el que está presente cuando su hijo necesita apoyo.
Los hombres nunca podremos estar embarazados, pero sí podemos ser padres presentes, asumir nuestra responsabilidad y trabajar en equipo para sacar adelante a ese nuevo ser.
Porque una cosa es embarazarse y otra, mucho más grande, es comprometerse con la vida que viene en camino.
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