La fría y aburrida Casa de Nariño

Hay frases que, aunque parezcan simples, terminan retratando una realidad. Recuerdo cuando Gustavo Petro dijo que la Casa de Nariño era una casa "fría y aburrida". Más allá de la discusión política que esa afirmación pudo generar, debo admitir que entiendo perfectamente a quien siente que ese lugar representa más el peso del protocolo que la cercanía con el país real.
Ahora que el presidente electo, Abelardo de la Espriella, ha manifestado su intención de seguir despachando desde Barranquilla durante buena parte de su gobierno, muchos han reaccionado como si estuviera cometiendo una herejía institucional. Yo no lo veo así.
Abelardo es un hombre del Caribe. Creció en una región donde el calor no es solo una condición climática, sino una manera de vivir. Aqui las conversaciones fluyen, la gente trabaja con las puertas abiertas y el contacto con la ciudadanía es mucho más espontáneo. Es comprensible que quiera mantenerse en ese ambiente, donde seguramente siente que piensa mejor, trabaja mejor y conserva la esencia que lo llevó hasta la Presidencia.
Además, la Constitución no obliga al presidente de la República a permanecer encerrado en el Palacio de Nariño. La Casa de Nariño es la sede oficial del Gobierno, pero no una cárcel presidencial. El jefe de Estado puede ejercer sus funciones desde cualquier lugar del territorio nacional.
Y aquí aparece un aspecto que me parece aún más importante: la descentralización.
Durante décadas hemos repetido el discurso de que Colombia no puede seguir gobernándose únicamente desde Bogotá. Lo dicen gobernadores, alcaldes, empresarios, académicos y ciudadanos. Todos hablan de descentralizar, pero casi siempre se queda en el discurso. Si un presidente decide ejercer buena parte de su labor desde otra región, quizá estemos frente a una oportunidad para demostrar que el poder también puede administrarse desde las regiones.
Pocos recuerdan, además, que en los albores de nuestra independencia Cartagena desempeñó el papel de sede del gobierno nacional. Eso lleva inevitablemente a hacerse una pregunta: ¿cómo sería hoy Colombia si el desarrollo político e institucional hubiera continuado teniendo al Caribe como centro del poder? Tal vez hablaríamos de un país con una visión más marítima, más conectado con el comercio internacional y, quién sabe, menos centralista.
No significa abandonar la institucionalidad. Tampoco implica desconocer el papel histórico de la Casa de Nariño. Significa entender que el país cambió y que la tecnología, las comunicaciones y la movilidad permiten gobernar con la misma eficacia desde distintos lugares del territorio.
En lo personal, me gusta la idea.
No porque se trate de Abelardo de la Espriella, sino porque representa un mensaje positivo: Colombia es mucho más que Bogotá. El Caribe, el Pacífico, los Llanos, la Amazonía y las regiones andinas también son el centro del país cuando se gobierna pensando en todos.
Tal vez sea hora de dejar de creer que el poder solo existe detrás de los muros de una casa presidencial. Quizá el verdadero símbolo de un Estado moderno sea un presidente que gobierna donde está la gente, no donde lo obliga la costumbre.
Si la ley no se lo prohíbe y el país recibe un gobierno cercano, eficiente y presente en las regiones, bienvenida sea esa nueva forma de ejercer la Presidencia. Porque, al final, el verdadero poder no está en una casa de paredes frías. Está en la capacidad de un gobernante para acercarse a los colombianos, sin importar desde qué rincón del país despache.
Por Limedes Molina Urrego



