MUY PERSONAL: Aranceles: el precio de una mala diplomacia

Hay decisiones que no se sienten de inmediato, pero terminan golpeando el bolsillo de miles de familias. El arancel del 12,5 % impuesto por Estados Unidos a productos colombianos es una de ellas. No es una cifra cualquiera. Es una barrera que resta competitividad a nuestras exportaciones, pone en desventaja a empresarios, agricultores e industriales, y envía un mensaje preocupante sobre el estado de las relaciones entre Colombia y su principal socio comercial.
En mi opinión, este no es un hecho aislado ni un simple cambio en la política comercial estadounidense. Es también el resultado de una política exterior que, durante los últimos cuatro años, privilegió la confrontación sobre la diplomacia. Un gobierno puede tener diferencias ideológicas con otro, pero jamás puede darse el lujo de romper los puentes con el país que compra buena parte de lo que produce y que ha sido, durante décadas, un aliado estratégico en materia comercial, económica y de seguridad.
Las relaciones internacionales no se manejan con discursos para las redes sociales. Se construyen con diálogo, respeto institucional y capacidad de negociación. Mientras otros países entendieron que era necesario fortalecer sus canales diplomáticos con Washington, Colombia optó por una relación marcada por constantes desencuentros, declaraciones innecesarias y un ambiente de desconfianza que hoy termina reflejándose en decisiones que afectan la economía nacional.
Más preocupante aún es conocer que, según la información revelada en las últimas horas, existieron advertencias y solicitudes que no fueron atendidas oportunamente por las autoridades colombianas para cumplir con exigencias relacionadas con el control de mercancías producidas mediante trabajo forzoso. Si eso se confirma plenamente, no estaríamos solamente frente a una diferencia política, sino ante una falla administrativa que terminó costándole muy caro al país.
Lo lamentable es que quienes pagan las consecuencias no son los funcionarios que tomaron las decisiones. Las pagan los exportadores que perderán mercados, los empresarios que tendrán que competir con mayores costos, los campesinos que verán disminuir sus oportunidades de venta y, finalmente, los trabajadores que podrían enfrentar menos empleo y menores ingresos.
Colombia necesita recuperar la confianza internacional. No porque deba renunciar a su soberanía, sino porque ningún país progresa aislándose de sus principales socios comerciales. En un mundo cada vez más competitivo, la diplomacia también genera empleo, inversión y bienestar.
El próximo 7 de agosto comienza una nueva etapa política para el país. Más allá de las diferencias partidistas, muchos colombianos esperamos que el nuevo gobierno entienda que la política exterior debe servir al interés nacional y no a las disputas ideológicas. Restablecer una relación sólida, respetuosa y pragmática con Estados Unidos será una tarea urgente. No significa aceptar todo lo que venga de Washington, pero sí comprender que los desacuerdos deben manejarse con inteligencia y no con confrontaciones estériles.
Ojalá este episodio deje una lección. Las decisiones diplomáticas tienen consecuencias económicas. La buena política exterior no se mide por los aplausos en una plaza pública ni por los mensajes publicados en una red social. Se mide por la capacidad de abrir mercados, atraer inversión, proteger el empleo y crear oportunidades para los ciudadanos.
Que la ciudadanía norteamericana del presidente Abelardo de La Espriella nos sirva a todos los colombianos, y no solamente a él para tener la opción de irse a vivir allí en caso de que las cosas no le salgan bien en Colombia.
Por. Limedes Molina Urrego

