Noventa minutos para volver a ser uno solo

Comenzó el Mundial. Y con él, ese extraño milagro que solo ocurre cada cuatro años: un país dividido en política, en regiones, en clases sociales y hasta en equipos de fútbol, de repente encuentra algo que lo une.
Durante meses hemos discutido de todo. Que si este candidato o aquel. Que si el Gobierno. Que si la oposición. Que si la reforma. Que si las encuestas. Pero cuando rueda el balón y aparece la camiseta amarilla en la pantalla, sucede algo casi mágico: dejamos de ser contradictores para volver a ser colombianos.
El Mundial tiene esa capacidad que ningún político, ningún gobernante y ningún líder ha logrado. Nos hace celebrar juntos.
Da igual si estamos en Valledupar, Bogotá, Medellín, Barranquilla o Leticia. Da igual si somos ricos o pobres. Da igual si votamos por la izquierda, la derecha o el centro. Cuando Colombia juega, todos gritamos el mismo gol.
Por eso el Mundial es mucho más que fútbol.
Es el recuerdo de aquellos días inolvidables de Brasil 2014, cuando James Rodríguez nos hizo soñar y cuando por un instante sentimos que podíamos llegar tan lejos como quisiéramos. Fue un tiempo en el que el país sonreía más. Las diferencias seguían existiendo, claro, pero durante noventa minutos quedaban en pausa.
Hoy volvemos a tener esa oportunidad.
Tenemos una selección llena de talento, liderada por un Luis Díaz que se ha convertido en orgullo nacional. Un muchacho que salió de una tierra humilde de La Guajira para conquistar los estadios más importantes del mundo. Su historia se parece mucho a la de Colombia: difícil, luchada, llena de obstáculos, pero siempre avanzando.
No sabemos hasta dónde llegará esta selección. Tal vez repita la hazaña de 2014. Tal vez llegue más lejos. Tal vez se quede en el camino. El fútbol tiene esas cosas.
Pero hay algo que ya ganó.
Nos devolvió la ilusión.
Y en tiempos donde abundan las malas noticias, los insultos y las divisiones, la ilusión vale muchísimo.
Por eso, más allá de las críticas, de las estadísticas y de los pronósticos, vale la pena ponerse la camiseta, reunirse con la familia, abrazar a los amigos y volver a creer.
Porque cuando juega Colombia, el país entero juega.
Y porque, al final, el Mundial nos recuerda algo que a veces olvidamos: tenemos más cosas que nos unen que razones para pelearnos.
Que ruede el balón.
Y que durante noventa minutos volvamos a ser uno solo.
Soy Limedes Molina Urrego, y el anterior fue un comentario Muy Personal.
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